Nota a Cristina Le Mehauté – Cronista

Una soñadora con los pies en la tierra

Cristina Le Mehauté acaba de cumplir sus bodas de oro con el verde. Con clientes como Marcelo Tinelli y Alan Faena, la paisajista contemporánea líder hoy diseña los dos nuevos hoteles Alvear Palace que se proyectan en Buenos Aires y fue convocada por Sir Norman Foster para su primera obra en la Argentina.

Texto: Lorena Obiol
Fotos: Antonio Pinta

Con apenas 9 años y subyugada por su abuela Amelia, Cristina Le Mehauté decidió –con el mismo fervor con el que habla– que lo suyo era el paisaje. Aquella mujer que crió a su padre, que siempre andaba plantando gajos y con las uñas llenas de barro, le enseñó a amar a las plantas. Desde entonces, ella vive –literal y metafóricamente– con los pies en la tierra. Quizás por eso se quita los zapatos ni bien llega a su casa y camina descalza sin prejuicio alguno. Así se deja conocer. Aparece con una alegría inusitada, mostrando sus dientes blancos y su pelo oscuro apenas cubierto con alguno de sus infaltables sombreros. Su trato natural condice con esa espontaneidad que tiene para hablar. Si quien lee esta nota cree en las vidas pasadas, podría sospechar que esta mujer de envidiables e inverosímiles 60 años fue, antaño, una brasileña de pura cepa. Djavan, sonando de fondo en un equipo ultramoderno, podría confirmar esta hipótesis.

¿Qué hay de su abuela en usted?
Que no solo me gustan las plantas sino cómo ubicarlas. Y, además, no solo importa qué cara de la maceta mostrar, sino que esa cosa tenga que ver con otra. Mi abuela andaba todo el tiempo con plantas extrañas en potiches (N. d R.: Junta las manos y las ahueca, formando una especie de cuenco para explicar la palabra). Eran todas crásulas. Son esas que tienen agüita adentro, como la de la moneda. Tenía una taza rota, un tacho despintado y ahí plantaba. Toda su colección era bien diversa. No tenía nada que ver con un minimal, pero había como una manera de ordenar. Y yo eso lo vi. Además, en su casa siempre había olor a jazmines. La vieja me adoraba: ella no tenía hijos y yo era la única Le Mehauté. Mi mamá también amaba las plantas pero era como más abandonada, ponía un gajo y lo dejaba… Después, cuando empecé a estudiar Arquitectura, recogía las plantas que mis vecinos, en Burzaco, tiraban a la basura. Y las plantaba. Hacía el jardín cada fin de semana y cambiaba todo de lugar. Sin darme cuenta, ya estaba ejercitando algo.

¿Al fin se recibió de arquitecta?
No, dejé en tercer año. Ahí también aparece la figura de mi mamá, que me decía que yo tenía que estudiar Arquitectura, Arquitectura y Arquitectura. Me acuerdo que convencí a mi compañera de banco de la secundaria para empezar juntas. Ella terminó pero yo dejé. Ya sabía que no iba a ser arquitecta.

¿Recuerda cuál fue su primer trabajo como paisajista, su primera obra?
Mientras estudiaba, trabajaba en una empresa de investigación de mercado. La sede era un petit hotel en Uriburu y Pacheco de Melo. Un día le consulté al dueño si no me dejaba acomodar un cantero vacío de mármol que había en la entrada. Como yo era la recepcionista, lo veía frente a mí todo el día. “Hacé lo que quieras. Comprá y decime cuánto es”, me dijo. Cuando terminé, me pidió que arreglara un patiecito interno. Entonces, corriendo, me fui a una obra que estaba cerca, pedí prestadas una maza y una carretilla, me puse un mameluco y rompí todo. Seguramente que el jardín que hice era horrible, pero mi inquietud era transformar ese espacio. Ahora, con los años, veo que ya entonces sabía que las cosas no se resolvían sólo con plantas. Con las baldosas que iba sacando, formé caminitos. Ahí fue que una persona que me vio por la ventana me preguntó qué hacía que no estaba en la recepción. Le conté e inmediatamente me recomendó para trabajar con un señor que hacía mantenimientos de jardines y balcones. El primer balcón que me tocó fue el del padre de Roberto Aisenson, con quien años después terminé haciendo las torres Le Parc. ¡Las vueltas que dio la vida! Quince días después de eso, ya estaba dirigiendo algunas obras. Esta pasión mía hizo que solo durase un año en relación de dependencia para luego abrirme camino por mi cuenta.
Caja de Pandora

La necesidad de explicar el origen aparece recurrentemente en Le Mehauté. Una y otra vez precisa –y le urge aclarar– de dónde vienen las cosas de las que habla. “Me acabo de comprar el libro del horóscopo chino y lo venía leyendo por la calle. Se sospecha que fue Siddartha el que armó este horóscopo. Son 12 animales, 12 días, 12 horas. Él convocó a los primeros que llegaban”, arguye de una manera casi pedagógica. “La primera es la rata, que le pasó por encima al búfalo. Yo tengo ascendente en búfalo. ¡Ojo con vérselas conmigo! Aunque yo no sabía que era tan difícil vérselas conmigo”, agrega, mientras estalla en una carcajada que contagia. “Dice que éste no es año para los grandes cambios, pero que es el gran año. Parece que el dragón de agua se sumerge en la tierra de las profundidades del océano, que es la tierra más tierra que hay. Dice que hay que sumergirse en el fondo del agua para encontrar la tierra del dragón”. Y otra vez aparece ese elemento fundamental, esa materia fundacional que le permitió desplegarse, durante 50 años, en obras y trabajos, con 15 muestras en Casa FOA que le valieron cierta etiqueta de la que no reniega pero que hoy quiere, un poco, despegar de su piel de bronce.

Alguna vez declaró que le costaba llegar al cliente particular porque, habiendo trabajado para Marcelo Tinelli o Alan Faena, la gente pensaba que sus honorarios eran carísimos. Y que algunos la tildaban de alocada por sus despliegues en Casa FOA. ¿Qué sucede ahora?
Creo que hay dos cosas que alejan a la gente… Poner a una mina de 7 metros cortada al medio, como hice una vez en FOA, asusta un poco: la gente piensa que no soy normal o que me agarró un ataque y voy a hacer eso en su jardín. En realidad, se trataba de una representación. Quise mostrar que puedo contar cosas, y FOA fue mi gran representante. Es cierto que yo misma construí esto de que la gente se asuste de mí. Pero, hoy, cada vez más me llaman para hacer algo diferente y que logre emocionar, donde pueda recuperar sus esencias y transformarlas en espacio exterior. Finalmente, la gente se anima a tener mi nombre y apellido en su jardín.

Continúa involucrada con los desarrollos de Faena Group, ahora específicamente para El Aleph. ¿Cómo es trabajar para el primer proyecto de Sir Norman Foster en la Argentina?
Justamente vengo de una reunión para ese trabajo que estamos haciendo en El Aleph. Foster tiene su impronta y eso se tiene que desplegar también en el paisaje. Y es algo que yo acepto. En las demás obras sucede que me tomo la libertad de expresar en verde lo que quiero, siempre entendiendo el espíritu del proyecto. Pero acá tengo más patrones. Me puedo escapar poquito: ni literal para el lado de él, ni literal con lo que yo siento de esa arquitectura. Es otro ejercicio. Yo no me puedo salir de esa armonía porque no soy una Foster. No puedo ser banalmente literal ni me puedo ir a mi territorio con libertad, de ninguna manera.

¿Con qué otros clientes está trabajando ahora?
Hay dos cosas muy interesantes. Una, es que estoy siendo evaluada en Montevideo por quienes protegen el patrimonio. Ellos, de alguna manera, custodian mi proyecto de paisajismo para el hotel Sofitel en Carrasco. Es que estoy muy preocupada por interpretar lo que diría hoy Thays (N. de R.: Carlos Thays diseñó, urbana y paisajísticamente, ese barrio de la capital uruguaya) y no por lo que hizo hace 100 años, cuando se encontró con una ciudad sin hacer, con un arenal, en la que ponía plantas que, obviamente, crecerían. En ese contexto estaba situando la ciudad, su responsabilidad era muy grande. Hoy, en cambio, no puedo plantar ni un pino como hizo él porque las napas están llenas de agua. Entonces, me preocupa qué diría si se levantara de la tumba y se pusiera a hablar conmigo y también qué van a decir de mí dentro de 100 años, cuando vean mi obra. Es muy difícil e importante. Estoy tratando de poner un árbol que nos reúna a todos hoy. Y pedí que todos hagan la lista, porque esto no empieza ni termina en mí. El segundo proyecto tiene que ver con el convento de Santa Catalina, en el Microcentro. En la edición 2001 de Casa FOA gané una medalla por mi intervención en el patio, y ahora me convocaron para hacer el atrio. Y acá también me está evaluando una comisión que cuida el patrimonio histórico de Buenos Aires. Ojo, que esto no me sube arriba de ningún caballo. Ser considerada la paisajista contemporánea del país me da mucha emoción. Además, estoy haciendo los dos nuevos hoteles de la cadena Alvear, el de Retiro y el de Puerto Madero.

¿Le cuesta soltar un jardín cuando lo termina?
Yo he sido muy posesiva con mis obras. Si entraba a un jardín que estaba haciendo y veía que me lo tocaban, me molestaba muchísimo. Sí, me costaba soltarlos. Hasta que hice el libro –Cristina Le Mehauté. Paisajismo como expresión–, y entendí que bastaba con tener plasmada mi obra en ese formato para que se preservara. Pero antes, con tal de quedarme, hacía el mantenimiento sin cobrar un centavo, me iba a la Conchinchina sin pensar que tenía más de viáticos que lo que podía ganar. Mis empleados siempre me decían que no nos daban los números, pero yo no los podía soltar.

¿Cuál fue el proyecto que más la enamoró?
Creo que una obra en Uruguay, donde pude usar la metáfora. Es el jardín de una casa en Punta Piedras. Después de haber hecho la construcción principal, los dueños compraron un terreno y lo anexaron. Llamaron a un paisajista que resolvió un lugar que, según los propietarios, se veía divino, pero no lograban usarlo… Era como una fotografía. Entonces, me dije: “Vamos a inventar una ecuación para que estos elementos se crucen. Como una abscisa y una ordenada. Que entre el mar y la casa se corra al terreno. Al haber elementos comunes, uno va a creer que esto fue habitado desde siempre”. Conseguí resolverlo así y hoy ese espacio es muy utilizado. También me gusta el paisaje de un cliente italiano, en la Patagonia. El señor que cuida el lugar puso césped todo alrededor de la bodega ¡cuando estamos hablando de la estepa! Entonces, retomé la esencia del lugar, el perfil del suelo. Hice poner plantas autóctonas y simplemente le devolví a la tierra lo que, sin querer o por no saber, le habían sacado. Esos son los compromisos que tengo con la naturaleza. Yo no soy quién para educar a nadie, pero estas cuestiones son como mi misión.

¿A quiénes admira en su profesión?
A Marta Schwartz y a Roberto Burle Marx. Ellos son mis nortes. Marta, por su cosa crítica, porque no le teme a nada y usa el paisajismo para expresar, protestar y reírse de los demás. Es una protestóloga importante. Y de Roberto, a quien tuve la suerte de conocer, adoro su libertad y su humildad. Estuve en su casa, en Brasil, hace muchos años. Como yo no hablaba más que español y era una cena donde había paisajistas de todo el mundo, él ofreció llevarme a ver su orquidiario porque se sentía incómodo pensando que yo lo estaba. ¡Pero yo trataba de entender a esas almas!

¿Y con quién quisiera trabajar?
Qué interesante… Me gustaría trabajar con el que hizo este edificio, que adoro. (N. de R.: Se refiere a Edgardo Minond, autor del proyecto del Complejo Tronador, en Saavedra, donde ella vive. Antiguamente, en ese espacio funcionó la fábrica de Nestlé). Acá no usó todo el FOT (N. de R.: Factor de ocupación de la tierra) y por eso se puede… (hace una pausa, inspira profundamente)… respirar. Este lugar tiene todavía la energía del chocolate. Aparte de trabajar con este hombre, me encantaría hacer un cementerio. Y también una plaza. Una vez me eligieron para ser directora de Parques y Paseos, pero no me siento capacitada para eso.

¿Qué le gustaría hacer en este momento?
Ir a Japón y estar con Fumiaki Takano. Él es presidente de la International Federation of Landscape Architects en Japón. Takano convoca a gente de todo el planeta para que lo ayude en sus obras. Y yo quiero ir. Una vez lo llamó un hombre y le dijo: “A mí me fascina su obra, pero no soy jardinero ni se nada de lo que usted hace. Tengo un negocito, se cocinar, le podría hacer alguna comida”. Y Takano le dijo que fuera igual, porque siempre iban a poder hacer algo juntos. Y es así: cada ser humano contribuye desde lo que tiene, sabe y puede.

¿Alguna deuda pendiente en materia profesional?
Sí, me gustaría mucho enseñar. Dar clases o armar la carrera en alguna universidad. No me gustaría irme sin dejar lo que aprendí. Esto de ser hija única, que me hizo tan solitaria, me hace pensar en abrirme para que entre más. Mi deuda pendiente es ayudar, ayudar más. Pero no hablo solo del trabajo. El otro día, el tren mató a una viejita, porque acá la curva es muy peligrosa. Llamé a una persona que conozco en el Gobierno y logré que pusieran esa campanilla que ahora escuchamos. También cortaron un cerco que impedía ver el tren en la curva. En este caso, la muerte estuvo cerca y pude dar una mano.

Del otro lado del cerco

Cristina –a esta altura ya podemos prescindir del apellido– se deja traspasar. En un momento se vuelve más permeable y permite que entremos en el jardín de su vida. Habla de su ex pareja, el arquitecto Guillermo Patiño, con quien compartió 20 años, viviendo y trabajando juntos hasta hace casi tres. Lo menciona por el apellido. Lo menciona quizás todavía mucho más de lo que quisiera. “Con Patiño y con Ludo (N. de R.: El arquitecto Ludovico Jacoby) damos un curso que se llama Anímese”, comenta, con una sonrisa iluminada. Y explica que se trata de abrir los canales de la creatividad para encarar el diseño de espacios verdes –urbanos, suburbanos y naturales– a través de ejercicios proyectuales, de representación y morfología, a partir de actividades lúdicas. Enseguida evoca también a sus padres. Y a esa vida feliz que tuvieron los tres en Mar del Plata, el olor del puerto y de las rabas, su regreso a Burzaco con su madre tras la separación, un padre que no volvió a ver por muchísimos años…

Lejos de ponerse triste, sigue con la sonrisa estampada en la cara. Y se atreve a seguir contando, a hundirse en esa tierra que tanto ama y que la lleva a lo más profundo. Como le sucedió a la maravillada Alicia en el cuento de Lewis Caroll, y a quien, quizás nada casualmente, ella eligió representar en su espacio en la última edición de Casa FOA. “Al paisaje le dediqué mi vida. Un día me di cuenta de que no había tenido hijos. Sí, un día. Así, de golpe. Con frecuencia me pregunto si volvería a hacer lo mismo, a tener los mismos padres, a cometer los mismos errores… Y sí. Sólo que me gustaría haber tenido hermanos. Pero ya no puedo hacer nada”.
A esta altura está clarísimo que hablar del jardín para ella es, inevitablemente, hablar de la infancia. De lo que evoca y de lo que uno recuerda de sus primeros años. Es tentador quedarse en esta madriguera y seguir hablando, incluso después de varias horas de charla-sesión-entrevista-confesión.

¿Qué es lo que más valora y lo que no le gusta de la gente?
Lo que más me indigesta es que el ser humano esté hablando de otro. Lo soporto cada vez menos. Creo que en cada persona hay un mundo que uno desconoce, por eso no se puede poner al otro en un catálogo. Se pueden catalogar los tipos de vasos, los colores verdes, pero al ser humano no. Entonces, ¿cómo yo me voy a poner a hablar de lo que hace, si está mal o bien? Primero sepamos qué le pasó. Si yo a veces soy irónica o reacciono con demasiada fortaleza, estoy siendo un espejo de cómo me trataron de chica. Y en cuanto a lo que más me gusta: la honestidad y la franqueza. Pero también tiene que ver con uno, porque uno puede abrir las puertas para que el otro sea franco pero también puede elegir dejarlas cerradas para que no te digan nada y no te jodan. También me gusta muchísimo la alegría y la inocencia: si uno todavía tiene al niño despierto, es más fácil crear. Si estoy pensando que en la esquina me van a matar, no puedo ser libre y pierdo toda mi frescura. Igual, prefiero mirar mi vida y no ver noticieros. Eso va generando un alerta que hace que todos estemos preparados como si el león estuviera suelto en la ciudad, y así se pierde la inocencia. Miremos menos tele y más cine. Miremos directamente con los ojos.

¿Todavía se emociona cuando va a un vivero?
Igual que el primer día. Creo que, sin dudas, el amor por el paisaje es la cosa más clara que tuve en mi vida. Hay personajes que tienen designios claros. Yo no se si es una iluminación que viene, tal vez, planetaria. Cada religión me dirá una cosa distinta, pero yo estoy segura de que no fui una iluminada porque hago las cosas bien: fui una iluminada porque hago lo que me gusta. Y hay cosas que hago sin haberlas aprendido nunca, en ningún lugar.

Podemos decir que es autodidacta, pero de algunas cosas se nutrió. De libros, por ejemplo. Tiene una biblioteca repleta. ¿Qué otras disciplinas la complementaron?
Además de estudiar Arquitectura algunos años, hice un poquito de Biología, me anoté en Agronomía. ¡Pero saber plantar maíz no tiene nada que ver con lo que yo hago! También estudié mucha escultura y aprendí a mover el espacio. Eso es fundamental y no te lo enseñan ni en la facultad de Arquitectura, ni en Agronomía, ni tampoco hoy en la carrera de Diseño del Paisaje. Que me parece buenísima pero, para mí, a los chicos les falta manejar el espacio. La investigación de mercado también me ayudó mucho. Ah, y el andinismo, que practiqué durante mucho tiempo.

¿Qué obra o trabajo se le viene ahora a la cabeza?
En 2009, me convocaron de la Alianza Francesa para un homenaje a Thays. Hice el Patio del Idioma: como arriba está la biblioteca, se me ocurrió poner frases colgando, como si las palabras bajasen desde allí. Lo que quise significar era que, si bien parece que hoy estuviéramos tan comunicados, cuando la gente llega a su casa ya contó antes todo por mensaje de texto. Yo quise darle un palo a eso y resaltar la importancia del idioma. Las bibliotecas están para que ejerzamos y ejercitemos nuestro idioma. Y para enorgullecernos de eso. También hice el Patio del Brote: ahí le pedí a Patiño que hiciera un poroto de vidrio brotando, para que de allí saliera todo: la buena alimentación, el cerebro, la vida.

¿Y qué piensa del paisaje urbano? ¿Qué le falta a Buenos Aires en esta materia?
Es difícil hablar de eso. Sobre gustos no hay nada escrito. Vale la pena decir que se están haciendo cosas. Por ejemplo, que en la Costanera se estén sacando los restaurantes y se cambien por espacios verdes, es maravilloso. Porque convengamos que nos robaron mucho verde: esa cosa de Tierra Santa, el Club de Amigos, el Club Hípico Alemán, el Jardín Japonés. Que esos restoranes fashion y ridículos se hayan ido, por lo que sea, y que vuelva el verde, es bueno.

Fuente: El Cronista

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